Que el espíritu navideño inunda nuestras casas y nuestras almas. Que...bla, bla, bla...
Pues yo, para romper tan bucólica situación, vengo y os digo: ¡Levantaos contra la ñoñería, coño!
Y para animar un poquito el ambiente, he estado pensando en esas pequeñas cosas, del día a día, que consiguen ponerme de mal humor.
A saber:
1. Echar gasolina.
Odio, odio y odio ir a echar gasolina. Prefiero vivir al límite circulando con el depósito casi vacío un viernes previo a un puente y metida en un atasco, antes que haber ido el día anterior a echar gasolina.
Ese momento de buscar una gasolinera cerca de donde estés, de la cadena que tiene que ser ParaQueTeDenPuntosEnLaTarjetaDeTurnoQuePareceQueNosVanAPagarLaHipotecaPorElAhíncoQueLePonemosALaBúsquedaPorDiosQueSonSólo4Puntos, parar, bajar del coche, y... ponerse los guantes.
¿Alguien consigue ponerse los guantes a la primera? En invierno, con el frío, las manos las tienes gélidas y no son capaces de despegar las dos partes del guante. En verano, con las manos sudorosas, es aún peor y el guante queda "espachurrao" y pegado entre tus dedos. Eso si hay guantes claro, porque si encima tienes que echar la gasolina a pelo, ten por seguro que tus manos apestarán durante todo el día, por muchas veces que las laves.
Ingenieros que me leéis... ¿no sería posible inventar un sistema de esos como los de los aviones, de respostaje en vuelo? ¿Sin que nadie se tenga que bajar del coche y hacer toda la parafernalia?
Y si la respuesta es NO... ¿Dónde están esas gasolineras de antaño donde un amable señor te echaba la gasolina y se ganaba sus propinillas? En Madrid, sólo conozco dos. Y me da un gustirrinín raro que me echen gasolina...
¿Seré una snob? ¿O es sólo vaguería?
2. Sacar dinero.
Ufff, otro momentazo. Primero, porque yo no tengo tarjeta de un banco "masivo" (bueno, creo que con el cierre de tantísimas sucursales ya no va a haber ningún banco con muchas oficinas/cajeros), por lo que me cobran comisión cuando saco en cualquier cajero que no sea de mi banco. Y lo de pagarles alegremente comisiones me pone aún de peor humor que echar gasolina, así que siempre tengo que buscar una oficina de mi banco.
Una vez localizado el cajero, viene el peor momento. El miedo a que te roben el dinero.
Bendita Abuela, que es mi madre, tiene un don especial para contar historias truculentas sobre tarjetas, robos y asesinatos. Así, todo en uno.
Y claro... me ha creado el trauma.
Que yo voy siempre acojonada, mirando a ambos lados, por si viene un caco con pasamontañas a robarme los 40 euros que acabo de sacar.
Si alguna vez pasas por un cajero y ves a una loca que mira compulsivamente a ambos lados de la calle mientras teclea el número secreto... soy yo.
En este sentido, digamos que uso a Padre de cajero. Él saca dinero y yo lo saco de su cartera. Y esto conlleva el siguiente punto.
3. Olvidar el PIN de la tarjeta.
Esto me ha pasado varias veces. Es tan raro que saque dinero, que a veces he olvidado el PIN. Y claro... sólo tienes 3 opciones. Que parece que estás a punto de cortar el cable rojo de una bomba, de la tensión que te crea.
Cuando la segunda vez la cagas, ni lo intentas. ¡A ver si te van a bloquear la tarjeta! ¿Qué más te da, alma de cántaro? ¡Si vas a tener que ir igual a la oficina a solicitar que te chiven el PIN o que te den uno nuevo!
Por cierto, ¿qué carajo significa PIN?
4. Mandar un mail con varias preguntas y que el receptor me conteste sólo a una (o a ninguna).
No me digáis que esto no os ha pasado cientos de veces. En el trabajo, en cualquier servicio de atención al cliente, con vuestra pareja...
Ilustremos con un ejemplo:
Vamos a suponer que mandamos un mail como éste:
Buenos días.
Estoy interesada en comprar su producto, pero tengo unas cuantas dudas que me gustaría confirmar primero.
¿Se puede pagar con Paypal?
¿Cuánto tiempo dispone de garantía?
¿La oferta de gastos de envío es válida para España?
¿Entregarán pedidos durante las vacaciones de Navidad?
Gracias, un saludo.
Pues bien, no es nada raro que el mail que recibas sea algo así:
Gracias por confiar en nosotros.
Le informamos que nuestro horario de repartos es, de lunes a viernes, de 8:30 a 18:30.
Esperando que nuestro producto sea de su agrado, le saludamos atentamente.
¡AHHHHHHH!
Me saca de quicio, me pone de los nervios. Pero, ¿para qué te mando mi lista con 4 preguntas si me ignoras vilmente? ¿No os ha pasado nunca?
Y si ocurre en el entorno laboral, me pone de peor leche aún. Es que hay veces que si he puesto 4 preguntas, me toca mandar 4 mails, para que en cada mail me respondan una sola pregunta.
¿No saben leer? ¿La comprensión lectora no es su fuerte? ¿O es puro pasotismo?
5. No haber metido cervezas en la nevera.
Ya os dije aquí que yo soy más de cerveza que de vino. Me encanta la cerveza. La Mahou, para ser exactos (aunque la Estrella Galicia me gusta mucho también cuando voy por allí).
No hay nada que me ponga de peor humor que tomarme la última cerveza fresquita y olvidar meter en la nevera.
Justo esa noche que te apetece cenar cualquier cosita rica que acompaña perfectamente con la cerveza... ¡Arrrggg! Y lo peor de todo es que no puedo echar la culpa a nadie, porque en casa, la de las "birritash" ¡soy yo!
6. La gente que cruza por el medio de la calle, sin mirar y sin inmutarse cuando les pitas.
No me digáis que no os pasa. Constantemente.
A mí sí. debo tener un imán para los cruzadores suicidas. Pero... ¡que se ponen a cruzar tranquila y parsimoniosamente por el medio de la calle!, sin paso de cebra ni leches, sin ni siquiera mirar y, por supuesto, a paso de tortuga mientras tú:
a) Pegas un frenazo para no matarles
b) Les pegas un pitido que ellos no parecen escuchar y a ti te deja sorda.
c) Necesitas un par de minutos para recuperarte de la taquicardia.
7. Encontrarte con la pluscuamperfecta o el tío bueno del barrio, el día que vas más mugrienta.
Sí, ese día que sales un momentín de casa, a comprar algo rápido en los chinos de abajo. Llevas el pelo sucio, con una coleta, la cara sin gota de maquillaje, las ojeras hasta el suelo y las
Pues ese día, justo ese, y no el anterior que ibas toda mona recién salida de chapa y pintura, es el que te vas a encontrar con esa persona. Aquí hay dos opciones, que cada uno ponga lo que corresponda:
a) Tu compañera de infancia del colegio, pluscuamperfecta ella. Con pelo impecable, maqueada siempre de arriba abajo, madre de tres criaturas rubias, de rizos angelicales, y muy bien educados. Ejecutiva de una empresa importantísima, amante madre y esposa.
b) El vecino del quinto. Ese pedazo de tío que te sujeta la puerta del portal y que, a partir de este día, se dirigirá siempre a ti llamándote "señora" (¿HayAlgoMásCruelPorElAmorDeDios?)
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Eso sí, siempre puede ser peor.
Siempre puedes haber salido de casa con mallas cutres porque ibas a sacar dinero al cajero de enfrente, has ido a echar gasolina y no había guantes, pero has aprovechado para comprar unas "birritash fresquitash". En el camino de vuelta, un tonto'lhaba se te ha cruzado en medio de la carretera y casi tienes un disgusto. Por fin, cuando estabas en el ascensor de casa, despeinada, vestida como para sacar la basura, oliendo a gasolina y con 4 latas de cerveza en la mano, alguien ha abierto la puerta del ascensor para colarse en el último momento y te ha dicho eso de "gracias, señora".






