
A ti, preciosa.
Aunque no sabes ni siquiera que tengo un blog.
Aunque nunca leerás mis palabras.
Porque no paro de pensar en ti.
Porque, desde que lo sé, tengo ganas de llamarte y abrazarte a todas horas.
Porque, aunque no he preguntado detalles, sé por lo que estás pasando. Y se me saltan las lágrimas cada vez que lo pienso.
Porque te quiero.
Porque, a pesar de que no quieres que nos veamos y eres de las personas más reservadas que conozco, has considerado que soy capaz de guardarte el secreto. La única capaz de entenderte y apoyarte desde el silencio.
Ojalá pudiera hacer algo más.
Ojalá pudiera quitarte la pena que te oprime la garganta como una bola espesa que te impide respirar.
Ojalá mi abrazo mental pudiera quitarte las ganas de llorar que sé que te asaltan cada minuto.
Lucha, no te rindas.
Eres fuerte, eres buena persona.
Y él también.
Y tenéis una familia maravillosa por la que vale la pena luchar.
Él es tu familia.
No te rindas.
Aunque el mundo, en pleno, te aconseje lo contrario. No guardes rencor.
Perdona.
Lucha y perdona.
Os merecéis salir adelante.
Se merece otra oportunidad. Los dos os la merecéis.
No hagas caso de nadie. Si le quieres, y me consta que así es, lucha por vuestro matrimonio.
No pienses que eres débil por perdonar, eso demuestra que eres más fuerte que aquellos que aconsejan rendirse y no darle otra oportunidad a tu felicidad.
Es mucho más valiente y más fuerte el que perdona que el rencoroso.
Puedes superarlo.
Los dos podéis.
Sólo hay que tener ganas de amar y de perdonar.
Y si no funciona, nunca te quedará la duda y el remordimiento de no haberlo intentado con todas tus fuerzas.
Merece la pena.
Si mi sufrimiento de hace años hace que, como me confiesas, te mires en nuestro espejo, y veas que se puede salir adelante, lo doy por bien empleado.
Nos llaman románticos, o ingenuos, pero somos fuertes, guapa.
Somos mucho más fuertes que los que se rinden.








